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29Jun

EPO

La flor y nata del atletismo africano se dopaba en un hotel de Sabadell. Eso fue lo más sorprendente. Sabadell: una capital pálida, señorial, vetusta, que nunca acabó de levantar el vuelo en el starsystem municipal catalán, aunque aún conserva el aroma de pueblo. Los mejores atletas del futuro mundial se entrenaban en la Pista Coberta d’Atletisme Josep Molins, en la zona de Can Oleguer, al lado del río Ripoll. Una zona ajardinada situada a 9.300 quilómetros por carretera de Etiopia.

En realidad, su hogar estaba a escasos 500 metros a pie. Vivían en un aparthotel de la carretera de Barcelona. Y eso es lo que me produjo más desazón de la noticia que apareció en todos los periódicos a finales de junio. Que era un hotel triste. Lo parecía en las fotos publicadas y lo corroboré yendo a verlo en persona.

Lo que más daba el cante era la fachada, a medio camino entre el Art Deco de Grim Fandango y el neoclasicismo rupestre. Era una antigua fábrica que un empresario inmobiliario del Vallés restauró con el mal gusto habitual. Por más inri quedaron en los córneres de la enorme portalada dos frisos con la vara de esculapio, el símbolo universal de la Medicina: dos serpientes enroscadas en un bastón alada. O tal vez lo confunda con un caduceo griego, símbolo del comercio y las transacciones. Cualquiera de los dos parecía un neón silencioso anunciando sin pudor lo que de puertas adentro escondían los atletas más rápidos de la Tierra.

Antes de esto Sabadell era una fiesta. Los africanos llegaron como golondrinas en primavera hace cuatro años. Al principio una decena, entrenados por Jama Aden. Decían que era un buen lugar para huir de la estación de las lluvias en sus países. Y se fueron haciendo habituales en las pistas. El mítico corredor que da nombre a las pistas, Josep Molins, reconocía en una entrevista a El Periódico: “Eran increíbles. Cada vez que hacían una serie, caía un récord de España”. Para los runners de medio pelo, como tu y como yo, cruzarse con ellos gambando en el tartán debería de ser lo más parecido a ‘Encuentros en la tercera fase’. Ver extraterrestres.

Pero la algarabía de los africanos se rompió de golpe un lunes, 20 de junio, a media mañana. Porque antes de saberse lo suyo, lo que ocultaban, de puertas adentro, eran unos mitos. Había Genzebe Dibaba, recordwoman mundial de 1.500. Abdelalam Haroum Hassan, estrella del equipo olímpico del Qatar. Ayanleh Suleiman, campeón africano de 1.500 en 2014. En total, unos 30 pupilos de Jama Aden, de Djibouti, Etiopia, Egipto, Sudan, Argelia, Qatar, Yemen o Arabia Saudí. Todos pendientes de dar la campanada en los Juegos Olímpicos de Río. Había mucho más que sólo tres estrellas en ese hotel. Hasta que se descubrió el pastel.

En seis habitaciones encontraron suficiente mierda como para alterar un Mundial de Atletismo. 60 jeringas usadas con restos de una bacanal de drogas: EPO, anabolizantes y medicamentos ilegales en España que se usan para recuperaciones endovenosas. Y hasta este arrabal, que ofrecía wi-fi gratis en el vestíbulo, piscina, spa, parking, bar y gimnasio (según Trivago) se cruzaron los peores tramposos del deporte en España (Eufemiano Fuentes, José Ignacio Labarta, Manuel Saiz, Vicente Belda) con los más célebres casos de dopaje mundial en atletismo (Carl Lewis, Ben Johnson, Marion Jones, Justin Gatlin, Linford Christie o Javier Sotomayor).
Así Sabadell pasó de honorar a los grandes mediofondistas mundiales, a vivir con sorpresa las detenciones, y a dedicarles la peor falta de respeto que merece quien compita: ser un tahúr. Y aquí es donde nuestro maltratado bulbo raquídeo, nuestra memoria siempre algo cortoplacista se fue regando de nombres como Marta Domínguez, Paquillo Fernández, Antonio Jiménez Pentinel, Alberto García Fernández o Daniel Plaza. Una lista de ídolos caídos por obra y gracia del EPO.

¿Y qué es el EPO? No hace falta haber visto la genial “The program”, la película-documental que habla de la máquina más perfecta de dopaje vista nunca en el mundo del deporte (la de Lance Armstrong) para entender qué coño es el EPO. Es un semental fresco en cada pierna, una dosis nueva de pulmones a la vuelta, una recuperación muscular que ni un masajista. Esto es la Eritropoyetina. Una central para fabricar más glóbulos rojos que los que un maltrecho cuerpo da a luz. Y los glóbulos rojos son más oxígeno en sangre. Más octanaje en cada carrera. He gastado ya 4 líneas. Pero sólo hubiera necesitado medio renglón. EPO es trampa.

¿Por qué se llegó a la normalización de las trampas? ¿Por qué el dopaje destruyó el ciclismo? ¿Por qué no se luchó contra redes internacionales de médicos dedicadas a proveer de drogas a los deportistas? ¿Por qué las mismas organizaciones que promueven el deporte como el paradigma de lo físico, del esfuerzo, del entrenamiento, del sacrificio, de la competitividad, del éxito y del fracaso, se dejaron pudrir por la mentira?

La culpa fue del dinero. La línea entre un niño que pulveriza récords y un futuro campeón está en que algún ojeador vea en él un montón de pasta. La necesidad de mantener las becas, de continuar pareciendo sexy a los patrocinadores, de ganar por encima de los entrenamientos, de las capacidades personales, de los que sí que se meten algo pero nadie les dice nada… Habrá cien drogatas por cada héroe. A él o ella le escribo estas líneas. Prefiero perder a ganar así. Ganar es un puñado de pájaros volando por encima de tu mano vacía. Ganar son los padres la noche del 5 de enero. Ganar es de perdedores. Hablo desde el púlpito que me da haberme doctorado en derrotas. Lo verdaderamente revolucionario es lo que te enseñó tu profesor de gimnasia (o debería): ganar es saber perder.

Sabadell (y el resto del mundo) se levantó tres días antes que estallara el verano y se dio cuenta que sus jardines no eran campos de entrenamiento para los mejores atletas del mundo. Era sólo el local para drogtas. Nadie escoge un campo de amapolas para llenarse las venas de EPO. Se buscan solares derruidos, garajes abandonados, tigres de bares, buhardillas con manchas de humedad. O lo que es peor: un hotel triste, tristísimo, que da pena hasta en fotos.

DAVID JOBÉ

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