natalia
21Ene

Natalia

La mejor atleta de medio fondo española trabaja en un Decathlon. En el centro comercial de Les Gavarres (Tarragona) hay una subcampeona del mundo de 1.500 vendiendo zapatillas deportivas en la sección de “Running”. Vive a poca distancia de su lugar de nacimiento: Torreforta. Su día a día no es sólo despachar camisetas atornasoladas ultratranspirables, calcetines megareforzados, complementos vitamínicos o mallas hipoalergénicas. A veces tiene que pedir permiso -como el 16 de enero pasado- para que se haga justicia con su legado.

Fue durante la gala de la Real Federación Española de Atletismo (RFEA) cuando se le hizo entrega oficial de la medalla de oro de 1.500 metros en pista en el Europeo de Turín del 2009 por la descalificación por dopaje de una atleta rusa. Supongo que el lunes volvió al trabajo. No debe de ser fácil ser Natalia Rodríguez.

Ella es una leyenda de los 1.500. Es la poseedora del récord de España de la distancia: 3:59.51. Una marca estratosférica, grandiosa. Aún hoy, 11 años después de establecerla en Rieti (Italia), sigue siendo suya hasta que ninguna otra atleta demuestre lo contrario. Tal vez le arrebaten la marca en los Juegos de Río de este verano. La mejor atleta de medio fondo española de todos los tiempos no irá. Su historia es complicada.

Natalia Rodríguez se retiró a finales de marzo del 2015. Su anuncio duró una semana. En una nota publicada en twitter el 7 de abril rectificó (argumentando que era “de sabios”) y que continuaría pensado en las finales de los Juegos de Río. Decía que los “múltiples mensajes de ánimo, reconocimientos e incluso emotivos homenajes” la habían obligado a recapacitar. Que su cuerpo y su mente le pedían luchar. Hay ADNs de campeones que no se rinden jamás. Reconocía que fueron “días en los que he sentido, más que nunca, el aliento de todas y cada una de las personas, anónimas y conocidas, que han vivido como suyos mis éxitos y fracasos”.

Cualquier atleta de su nivel sabe tanto de éxitos como de fracasos. Después llegan los días grises. La rutina. El día a día. Y el de Natalia es casi anónimo. Hasta esta fecha sólo el Diari de Tarragona ha seguido de cerca su historia. El 4 de mayo el periodista Francesc Joan publicaba que Natalia se había “autodescartado” para los Juegos. Aunque tuviera tiempo hasta el 11 de julio para bajar de los 4:06, la atleta reconocía que tenía aparcado el atletismo, que no entrenaba desde enero. El motivo? “Priorizar su formación actual como quiromasajista y trabajar en una tienda especializada en deporte (con anterioridad a 2015 contaba con una beca como deportista de alto rendimiento).

Nadie hablará de vosotras cuando nos hayan retirado las becas ADO. Cuando en marzo del 2015 anunció que lo dejaba, que se iba, la abarrotaron a cariño. Y volvió. Tal vez después de las becas ADO hagan falta becas de cariño, de reconocimiento, de aplauso, de agradecimiento y de amor. A Natalia la retiró la realidad. Sin becas no hay paraíso. En esto coincide todo el mundo que tenga esa costumbre extraña de llevarse algo a la boca tres veces al día.

Entre pista cubierta y aire libre acumuló 14 títulos españoles, una plata mundial en Doha el 2010, un bronce mundial en 2011 en Daegu (Corea del Sur), un bronce europeo en Barcelona el 2010 y el oro europeo en Turín. En 2009 llegó a ser campeona del mundo en Berlín. Pero sólo durante tres minutos. La descalificaron por una maniobra absurda. Fue una medalla de dolor, de frustración y de tristeza. Algo así como recibir la mota negra en la novela de piratas “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson. Pero Natalia se recuperó.

Todo pasó en una curva. La mayoría ya sabréis la historia. Sale en Google cuando pones Natalia Rodríguez. Las opciones son 1) “actriz” 2) “atleta” 3) “descalificada Berlín estadio”. La mota negra. El vídeo de You Tube en que la atleta etíope Gelete Burka cae al suelo tiene millones de visitas. Millones. Ha caído tantas veces en vídeo que no habrá nadie que no tenga opinión sobre si Natalia merecía ser descalificada o no. Pero fue descalificada. El oro le duró menos que correr los 1.500 de récord.

Natalia salió muy fuerte. Mucho. Pero no tanto como Gelete Burka. A dos vueltas del final cruzó el 800 a 2:15.23. Era el momento de atacar. Entró como un tanque. Había decidido ir por fuera, pero el grupo de adelantados se pone en fila, detrás de la rítmica etíope. Y obligó a Natalia a maniobrar por dentro. Era una marabunta de gacelas escapadas. La coreografía perfecta de “Como huir de un guepardo”. O casi perfecta. Porque en la bulla, en el caos, un pie, un brazo, una cadera, se olvidó de su papel y falló. Algo falló. La etíope cae. Y Natalia sigue. Sigue. Sigue. Con tanta fuerza, con tanto desparpajo que Jamal y Dobriskey no consiguen darle caza.

Cuando cruza la meta el Olympiastadion de Berlín ya había emitido su veredicto atronador. Culpable. Una atleta había besado el tartán justo en el momento en que otra intentaba adelantarle por dentro. No hubo vídeos con la repetición de la jugada. No se puso en duda que Burka cayera. No hubo tiempo para que los jueces se sentaran a valorar la maniobra. Y Natalia no se atrevió a dar la vuelta de honor.

En medio de abucheos nadie en el estadio (el espectador más cercano estaba a diez metros del tartán y en los asientos no se veía claramente la curva interior) dio por inocente a Natalia. Como si todos los espectadores se supieran de memoria el artículo 163.2 del Reglamento de la IAAF. “Cualquier competidor que obstruya o empuje a otro atleta de modo que le impida progresar será descalificado de la prueba”. El estadio la declaró culpable antes del juicio. Y el juez se lavó las manos. Culpable de manual. Ningún país pidió la revisión de la prueba. Ni Gelete Burka.

En su mejor momento deportivo le llegó su peor momento personal. A la semana siguiente cayó del miting de Zurich (Suiza). Demasiado polémica. Quizás aguantó la tristeza en esos días en que cada lágrima es una cascada. Tal vez la ayudó que había sido madre hacía unos meses antes. Los niños traen consigo una fuerza increíble. Nunca se colgó una medalla de oro en una pista, pero al cabo de dos años se sacó la espina clavada de ganar a Gelete en Moscú. Sin caídas. Limpiamente.

Si me cruzara con ella en un Decathlon no haría falta decir nada. Temblaría como una hoja antes de pedirle unas zapatillas de pronador, algo pasado de peso, discretas de color, para correr y ser feliz. Solo esto. Que es lo mismo que le deseo a Natalia. Porque ella ya ha dado tres vueltas al infierno antes de cruzar la meta del cielo. Y aquí ya no importa como te ganes la vida. Solo el sentido que le des.

DAVID JOBÉ

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

FOLLOW @corroyexisto