Corro Luego Existo Laurel
09May

Laurel

A primera hora de la tarde del 10 de abril de 1896 cruzó la meta Spiridon Louis. Un estadio entero aguardaba. Lo primero que se llevaría a casa para siempre aquel aguador sería la ovación. En el estadio Panateniense cabían 60.000 almas, pero no habría menos de 70.000. Recibió la clase de aplauso que sólo se regala a los que curan orgullos heridos. Y el de Grecia estaba jodidamente herido antes del maratón de los primeros Juegos Olímpicos modernos. Lo sabía Spiridon Louis. Lo segundo que recibió fue una rama de olivo. Y al cabo de un rato, otra de laurel. Aunque sazonara alegremente los guisos, el laurel seguía siendo el mayor símbolo de victoria de todos los tiempos. Hoy nunca te dan laurel para nada.

Hoy dan medallas.Para algunos su valor es inversamente proporcional a la cantidad repartida. En internet veo que cuestan 57 céntimos de euro, cinta a parte. Las hay de níquel, estaño, plomo y hasta cobre. En algunos casos se las recubre con un material dorado o plateado que hace las veces de primer y segundo premio. Al día siguiente de la maratón de Barcelona había atletas que las vendían por 40€ en Wallapop. Spiridon Louis tuvo que esperar cinco días para que le dieran una, según recogen David E. Martin y Roger W. H. Gynn en su magnífico libro “TheolympicMarathon” (Human Kynetics. 2000) porque no la pudieron encargar en Decathlon.

En cambio para otros el valor de las medallas es altísimo. En Nueva York es habitual que los maratonianos luzcan la suya la noche del día del maratón, cuando salen a cenar. Reciben miradas de admiración y hasta felicitaciones. Y la medalla es a las fibras de sus piernas lo que Spiridon Louis fue a los corazones de los atenienses. Porque el mediodía de ese 15 de abril, en el puente de Maratón, los griegos estaban hasta la polla de Pierre de Coubertain. Y tenían que hacer algo…

De las 11 competiciones programadas en los primeros Juegos Olímpicos desde el año 393 d.C., los griegos no habían ganado ninguna hasta el momento. Y eso que se hacían en Atenas. Habían pasado 1503 largos años desde los últimos Juegos. Y ahora sólo les quedaba el maratón. La carrera era una adaptación moderna de la gesta atribuida al soldado griego Fidípides, 2.500 años antes. La idea pudo ser del historiador francés Michel Bréal, que le propuso a Coubertain recuperar la mítica distancia de 40 kilómetros que recorrió el mensajero de Maratón hasta Atenas.

Aquel mediodía de primavera del mes de abril de 1896, en el puente de Maratón,tal vez no hubiera una guerra contra los persas,pero sí el orgullo de un país en cuestión. En la línea de salida había 18 atletas, 14 de los cuales eran griegos. De eso se había encargado el coronel Papadiamantopoulos mucho antes de dar, aquel día, y después del discurso del alcalde de Atenas el pistoletazo de salida de la maratón.

Papadiamantopulos fue el encargado de engatusar a los mancebos locales para semejante locura. Hacía 15 siglos que no se corría un maratón. Muchos, como Spiridon Louis, habían sido discípulos suyos. Pero él no era ni mucho menos el favorito. El sólo era un aguador de Atenas. Un mes antes, quedó en una discreta quinta posición en un ensayo general donde se impusieron los cuatro guiris que se estiraban bajo el sol ese mediodía de abril en el puente de Maratón: un australiano, un francés, un norteamericano y un húngaro.

Unos minutos antes de acabar la maratón, las esperanzas de los griegos estaban por los suelos. No había noticias fiables de la carrera. Se decía que Edwin Flack iba por delante, a mucha distancia del resto. Mierda. Putos Juegos. Joroña que joroña.

Aunque poco a poco fue creciendo, entre susurros, que podría haber un griego que le diera caza. ¿Quién era? Fuera de combate el australiano (salió demasiado fuerte y no aguantó el ritmo) quedaban el francés Albin Lermusiaux, y el norteamericano Arthur Blake. Y un puñado de griegos no profesionales. Pastores, soldados, policías y un aguador. Qué bella metáfora que el que fuera a ganar saciara a un país entero la sed de victoria.

Y algo de verdad traían los rumores cuando el primero en cruzar el arco del estadio fue, a lomos de un caballo, el coronel Diamantopoulos. El estadio Panateniense contuvo el aire. Silencio. El militar gritó: “El ganador está llegando… y es griego”. El primer gran regalo que recibió Spiridon Louis fue probablemente la ovación. El mismo rey Constantino bajó de la grada para recorrer con él los metros finales. Un hombre rebasó el umbral del estadio pero la meta la cruzaría un héroe.

Qué mas da que el único premio que ganó fuera una medalla, cinco días después. Qué importa que nunca jamás volviera a correr un maratón. Ese día se llevó a su humilde casa de pastor en Marousi un sitio en la historia del atletismo. Su tiempo es leyenda. 2 horas y 58 minutos. Sólo la mitad de los atletas que salieron de Maratón terminaron la carrera: 8 no pudieron y a uno lo descalificaron por haberse montado en una carreta. Sólo se repartieron 9 ramas de laurel.

El laurel es una planta aromática y medicinal. Se dice que promueve el tránsito de los intestinos, achanta los gases, reduce los sangrados regla y hasta mejora las lentejas con chorizo. Pero ya no lo ponen en ninguna bolsa del corredor al lado de la publicidad y del caldo.

A lo máximo que puedes aspirar hoy en una carrera es al podio. Y si mucho me apuras (en mi versión loser) al jamón. Lo debería haber escrito en mayúsculas. El JAMÓN. A falta de laurel ¿hay mayor premio para un corredor dominguero que llevarse a casa una paletilla? Lo más parecido a ser Spiridon Louis es llegar a casa, y saludar a la pareja apuntándola con esta metralleta de cerdo. Ratatatatatata. 

A mi entender de hijo de labriego, pensando como debería de pensar el bueno de Spiridon Louis, un jamón me honora más que una medalla. Me llena más que un trofeo. Con permiso de PeppaPig, el jamón se vislumbra como el mayor símbolo del atletismo ibérico. Una pierna torneada. Una musculatura seca. Salada como el sudor de tu pierna. Negra la pezuña si es de calidad la carrera de montaña.

Seamos sinceros: ni voy a subir nunca a un podio, ni creo que quiera meterme en berenjenales de este tipo. Yo me conformo con acabar con sabor a sal en los labios, cochinas las piernas de fango, calada la camiseta y con la ropa interior a punto para el contenedor de “Biohazard”. Con una cerveza en una mano. Un bocata de butifarra en la otra. A poder ser, contigo a mi lado. Esperando que de entre todos los dorsales de la carrera que nunca van a merecer una rama de laurel esté el tuyo o el mío en el momento de sortear el jamón. Va por ti, Spiridon.

DAVID JOBÉ

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