TITUS CORRO LUEGO EXISTO
04May

Titus

Sinceramente, mi intención era hablar mal de los propietarios de los perros. Estoy harto de encontrarme sus deposiciones por la calle, de llevarme sustos de muerte cuando ladran a traición al pasar corriendo por una finca, de que me salten encima en mitad de un bosque porque allí no hace falta llevarlos atados. “No hace nada! No hace nada!” Y una mierda no hace nada! Ya lo tengo encima. Y lo menos malo… es que me chupe las piernas. Iba a hablar mal de los amos… hasta que conocí a Titus. 

Hasta esta semana, creía que la relación de los perros con los corredores era como la que tienen con ellos los carteros de urbanización. Mala no, lo siguiente. Hay perros que han atacado motoristas que iban a entregar un telegrama. Pocos. Pero el cartero de urbanización vive con el miedo que un Doberman Pinscher le mastique los tobillos. Si va en moto, se puede caer. Si huye corriendo, le persigue. Hay canes a quienes no se les ha explicado detalladamente que si alguien no cruza el umbral de la puerta no hace falta avisarles que son una merienda en potencia.

A veces, en mitad del campo, te salta un perro de propiedad sin atar. ¿Qué finca protegía? ¿De qué ladrón tenía que salvar a sus propietarios? Es víctima del Snoopysmo. Vivir en un piso con un perro más grande que un caballo que sería más feliz en una casa de campo y compensar su falta de libertad yendo por el bosque sin atarlo. All the mountain is oregan.

Pero quiero a los animales. Sobretodo a los perros. Por eso responsabilizo a los amos de lo que hagan sus Rottweiler. Y un poco también a los que los venden. O los regalan. La mayoría de perros de raza peligrosa que conozco no son una amenaza. Son guardianes excelentes, trabajadores natos, pacientes, obedientes, cariñosos con la familia y maravillosos con los pequeños de la casa. Si no fuera porque no saben tirar de la cadena, tal vez me pensaría tener uno en casa… Pero cagan.

Y no hay nada peor para una suela de zapatilla deportiva –con sus relieves y sus tachuelitas de colores- que el preciado foie de can. El barro se seca y salta de la suela con unas palmaditas, pero no el popó de perro. No. La caca ha llegado para quedarse. Es hidrófuga, ignífuga y repele las esponjas. Se mezcla con todo lo que toques: las aceras, las escaleras, el parquet, las alfombras del coche,…

La mierda de perro es ya un problema social. Los ayuntamientos exhiben carteles rogando a los propietarios que las recojan, algunos bajo amenaza de multa. Hay ordenanzas severas, que pueden sancionar al reparteboñigas con 300 euros. Hay emprendedores que se atreven a poner carteles encima de las ensaimaditas de merde alertando a sus propietarios. Son los justicieros, pero también hay los de CSI. Hay dos consistorios catalanes que han empezado a recoger muestras de ADN de las heces de las mascotas para castigar a los propietarios. Hay motoristas con aspiradoras que las absorben a lo Cazafantasmas style. Y en Nueva York, he leído que hay un sistema para pinchar la mousse y congelarla con un espray de hidrógeno. La caca queda dura, como las madalenas que venden en mi barrio.

Los lavabos de perros quedaron demodé. Tienen mierda por encima de sus posibilidades. Son barrizales de truños. Campos minado de trunfos. Un dislate etimológico ¿para que les llamáis pipican, cuando todos sabemos que de pipi, poco?

Andaba esta semana escaso de ideas para el artículo. En plena crisis creativa. Algo enfurruñado con las guiñadas de perro, sí, pero sin darle más importancia… hasta que conocí a Titus. Seamos sinceros, Titus es el perro del propietario de esta web. El chucho del jefe. La mascota del General Manager.

El lunes le dije: “No te mando el artículo. Estoy seco”. Y él me respondió: “No pasa nada”. Tiene filosofía, el bandido. Así que no sé como me vi metido en un embrollo mayúsculo. Al día siguiente, saldría a correr con él. Así me daba el aire, me inspiraba. Pero a su horario. Al manager time. A las 5.00 A.M.

Os dejo una pausa dramática para que os apiadéis de mi.

A las 5:00 (de un martes) no sólo no hay calles. No hay personas, no hay luz, no hay coches, no hay ni Seguridad Social. Sospecho que hasta escasea el oxígeno. Él estaba allí, impertérrito. Con Titus. Al perro era a la única persona (sí, digo bien, persona) del mundo al que no le importaba que le sacaran de la acojinada cuna para correr por el monte. “Buenos días –me dijo él, tranquilamente- Hoy toca una hora y media”. Y se fue yendo. Hacia la oscuridad. El GPS a Mordor.

Titus mantuvo esa distancia educada para con lo no perrunos. Sabe bien que si no le saludan, no se encaloma a las piernas de nadie. Movía la cola como si estuviera feliz. ‘Pobre animalico’, pensé. “Mira que llevarle a correr…” Tuve 90 minutos de trote para darme cuenta de mi error.

Este perro es el compañero perfecto. En serio. Corrió a nuestro ritmo. Mantuvo su lado del camino siempre (este es muy sagrado para algunos corredores, para quien los costados del camino son como los de su cama de matrimonio). No se largó. No se le tuvo que gritar. Apenas ladró, aunque pasáramos cerca de edificios habitados por personas que si son despertadas a esa hora te disparan con un bazooka.

Estuvo mucho mejor que nosotros. Iba olisqueando las flores, las hierbas y los culos de los conejos. Persiguió a tres, pero no los cazó. Esprintó como un campeón. Nosotros no hubiéramos podido por más suerte de conejo que se nos hubiera puesto a tiro. Y saltó. Y brincó. Y se tiró por las laderas de los maizales. Se tostó el morro con las amapolas. Se arrebozó con el rocío. No había ni salido el sol, pero él se emocionó. Se sintió libre. Se asalvajó, como una horda de críos delante de un charco de barro. No hay madre ni padre que no envidien un poco a sus hijos ante esta escena ponzoñosa y tierna de niño contra fango…

Titus no dijo nada. Pero se le entendió todo. La amistad es tan leal y sencilla como levantarte de madrugada para correr con alguien y no decir nada. Correr por el monte es tan fácil y divertido como olvidarte que alguna vez fuiste domesticado y dejarte llevar por un ritmo sanguíneo antiguo, como el primer tam-tam de tu tribu.

DAVID JOBÉ

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