MADRES CORRO LUEGO EXISTO
26Abr

Madres

La maratón más tierna la corrió tu madre contigo en el vientre. Piénsalo. ¿Tuvo miedo? ¿En algún momento pensó que no lo conseguiría? La imagino provista con una especie de calendario, cada una a su manera, donde apuntar las dosis de hierro y las visitas al ginecólogo. Cuando llego la hora de alumbrar ¿sintió la misma zozobra que tú ante un maratón? Y en la sala de partos, ¿lloró? ¿grito? Cuando se estaba rompiendo por dentro, ¿pensó que abandonaría? ¿que no llegaría? Imagino que lo olvidó todo cuando toco tu piel, ese vestido hecho con la suya que llevarías ya para siempre. Entonces, tal vez, se le pasó todo. Igual que cuando cruzas la meta y sabes que, aunque mires atrás, jamás serás la misma persona.

Escribo con la envidia de no tener útero. Sólo puedo correr maratones. Todas las que he hecho, todas, las he cruzado con mi hijo. Al principio, arrullado. Después, con pasitos pequeños. Las últimas, ya corriendo juntos en un sprint glorioso. De esos que se hacen con lágrimas en los ojos y el corazón en la boca. ¿Será mi manera de imitar a las madres? Por favor, que un experto describa este síndrome. Con tacto. Antes ya os reísteis de la crisis de los 40 y del peterpanismo,… ahora llegará el síndrome del maratoniano en la sala de partos. Patético, si no fuera divertido.

Hace unas semanas comprobé hasta qué punto este sentimiento no se entiende. Fue en la maratón de Rotterdam. Una de las más importantes de Holanda. Un hombre que cruzaba la meta con su hijo se encontró con un miembro de seguridad que le prohibió al paso al chaval. Según la normativa, no se podía porque el niño no tenía dorsal. Me pareció un gesto horroroso. ¿En nombre de qué? ¿De la seguridad? ¿Del dinero? Aborrezco la síndrome de la gorra de plato. Aquella que le coge al voluntario de Protección Civil que, por un día, se cree el Comisario… que digo el Comisario… El ministro de Justicia! Harry el Sucio! Y a veces, claro, pues debe haber esto mismo entre los managers que montan carreras. Hay quién lo defendió…

Habrá gente buena que crea que lo mejor es buscar otra carrera. No quejarse. Pues a todos ellos les recuerdo el caso de Kathrine Swizer. La primera mujer en correr la maratón de Boston. Una prueba atlética que durante sus 70 años de historia sólo la habían corrido hombres. En 1967, ella se apuntó sólo con sus iniciales. Salió de la meta. Pasados unos quilómetros, uno de los comisarios de la maratón la persiguió y intentó apartarla. Le dijo “Dame tu número y lárgate de mi carrera”. La intentó tirar al suelo. La atacó. Tuvieron que defenderla su entrenador y su novio (un corpulento jugador de futbol americano) y ¿sabéis que?… pensó en abandonar.

Pero Kathrine terminó. A pesar del susto le susurró a su entrenador “Si no acabó la maratón, las mujeres pensaran que no pueden correrla”. Y la corrió. Y la acabó. Con 4 horas y 20 minutos. Y pasará a la historia, aunque se saltara la ley. Como Rosa Parks en un autobús. O las sufragistas. Porque tuvieron más ovarios que los que –legítimamente- defienden que los niños no pueden cruzar la meta de la maratón de Rotterdam con sus padres porque no tienen dorsal. Ladran, pues esprintamos.

Tal vez escriba con la tristeza de no tener útero. Pero con la suerte de haber estado rodeado de mujeres que me enseñaron bien, a pesar de todo. A pesar de pedirles que entiendan que vas a correr una maratón, que comeremos más pasta que “La Tagliatela”, que un domingo madruguen por ti, que lleven el niño hasta la meta, que calculen el tiempo de paso y que aguanten el frío. No le voy a pedir que, además, aguanten a los managers de las carreras que te han cobrado 50€ para contratar un segurata. Y que éste le diga a tu hijo que no puede pasar. Porque no tiene dorsal!

De todos los títulos que jamás podré tener en la vida ninguno superará al de padre.
Aunque los padres asistimos al embarazo como aguadores de una competición. Tenemos ese papel propio de Smithers con el señor Burns de los Simpson. Un Predictor nos puso en ese limbo cruel. De medio ser importantes a medio molestar. Y tener que opinar sobre la diferencia entre el Maxi Cosi y la silla de paseo, pero sin pasarnos. Porque la suegra, la hermana, la amiga, o la prima saben más de ello porque ya han corrido este maratón. Y aquí tenemos que callarnos. Y por amor aprender palabras como calostro, amniocentesis, puerperio, fontanelas, placenta o triple screening. Para decirlas después en público, impostoreando.

Leugo te pasen cosas peores, como asistir a una clase de preparto con tu mujer. Y verte rodeado de señoras con hormonas de G.I.JOE que intentan ejercitar sus ‘kegels’. Así que, como ‘ir pa ná es tontería’, te pones tu también a apretar fuerte el culo. Y a hacer masajes en los riñones. Y poner toallas frías en los pies hinchados. Y poco a poco te vas dando cuenta que contar las contracciones es casi como hacer series. Y te vas metiendo en el papel… Y te tienen que frenar porque ya comprobarías por ti mismo los centímetros que ha dilatado.

Al final resultaba que ser padre los primeros meses no era tan secundario como te creías. Y casi sin darte cuenta respiras con ella, camino del hospital, como te enseño la matrona. Así: “pulmones, barriga y lo sueltas gimiendo. Mmmmmmm”.

En el hospital, recoges su manita suave, ahora convertida en la zarpa de una bestia. Sientes sus contracciones como rampas en los quilómetros finales. Y le das tu calor ya transformado en un animador que va diciendo “campeona” para que sepa que ella, entre todas las mujeres del mundo, está a punto de ser mamá. Y un segundo antes de todo, te acuerdas de tu madre.

Y vuelves al principio de este artículo. ¿Cómo aguantó los metros finales? ¿Tuvo por un momento la voz de la niña de ‘El exorcista’? ¿Qué le pasó por la cabeza un segundo antes de ver asomar la cabecita?

Tal vez soñéis entonces con cruzar la meta de otro maratón con vuestro hijo. En todas las que he corrido, sin excepción, la medalla se la colgaron a él. Mi campeón. Pronuncié tu nombre cada vez que me fallaron los ánimos. Soporté cada entreno pensando que, fibrando mi ADN, también te haría mas fuerte a ti.

Tu amor me llevó hasta la meta. Todas las metas que me proponga. Ojala el de tu madre y el mío te lleven mucho más lejos. Porque detrás de cada madre hay una Katherine Swizer. Acuérdate de ello. Y lo mejor piensa también en tu padre… ¿tu también hiciste ‘kegels’, papá?

DAVID JOBÉ

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