whatssap corro luego existo
11Ene

Whatsapp

Me romperán algunos dientes. Puede ser que pierda determinadas amistades. Tal vez nunca más me vayan a felicitar la Navidad. Pero ha llegado el momento de hablar claro de los grupos de Whatsapp de los corredores. No voy a pedir perdón por adelantado. Al contrario, pido paso. Abstenerse los hipersensibles.  Si alguien se siente aludido… es cierto. Todo lo que aquí contaré no se basa en hechos reales. Son hechos reales.

Antes de Whatsapp quedábamos en la plaza. A las seis y media. Como las personas civilizadas. Que duermen la siesta. Y salen a correr cuando el sol no da tan fuerte. Antes de Whatsapp llamábamos a números fijos. Sabíamos que no estaban en casa. Pero siempre había alguna abuela. O un contestador. Y dejábamos el recado. Antes de Whatsapp se hablaba todo en persona. En los bares, por ejemplo, inventábamos los quilómetros. Aguantábamos la mirada cuando decíamos tal o cual astracanada. “La semana pasada hice 20 en hora y media”. Resoplábamos. Y otro trago a la birra.

Lo más grave de whatsapp es que se atenta contra la verdad a distancia. Ves a venir las trolas de lejos. “El niño ha pasado mala noche”. “Hoy no salgo”. Mecagüen la puta. En la puerta de tu casa. Lloviendo. Domingo. El dorsal de la carrera. Y me dejas tirado porque el niño ha dormido mal. Antes no hubieras ni cogido el móvil antes de salir de casa. Que llamaran al fijo si tenían cojones. Porque llamar al teléfono de una casa a las siete de la mañana hubiera sido peor que mentir. Y si el crío no te dejaba planchar la oreja, te jodías. Y salías. Como habías prometido.

Después llegaron los grupos. Aquí se nos fue de las manos. Toda la vida temiendo que Irán pudiera enriquecer plutonio. Y la bomba atómica, el mísil en la línea de flotación, la discoteca al lado de casa, eran los grupos de Whatsapp. Se acabó por siempre más la intimidad tuya y mía. Lo menos guarro era un menage a trois.

Hay algunas cosas divertidas de los grupos. Pocas, sinceramente. Algo que me fascina son los nombres. En todos, absolutamente en todos los grupos de corredores que me han metido (nunca sin pedir permiso) había algo muy loco. Como un estudiante de naming venido a menos. Antes se saldaba con los nombres de los equipos de la Liga Marca. Ahora los nuevos bautizos son los grupos.

Un clásico es “Los runners” de tal. De la M-30. De La Sagrada Familia. De la morgue. Hay un deseo administrativo de colonizar. Otro deseo más bélico. De conquista de un terrucho. “Los toros de Collserola”, o “Los jabalíes de la Mola”. Me encanta este giro zoológico. “Las cabras de Montserrat”. Me parto. Hay quien se pone modesto. “Los caracoles de Lleida”. O “Los orugas”. Estos tienen mucho peligro. Palabrita del niño Jesús. Corren como bestias, pero las mejores marcas… en los bares.

Una vez te han metido en un grupo tienes muchas dificultades para abandonarlo. En esto se parecen a Los Davidianos y a los Ángeles del Infierno. Porque si ya te habían aceptado. Si ya estabas en el selecto parnaso para qué te ibas a largar? Y así el bueno de Jan Kum (fundador de Whatsapp a quien maldijo, mínimo una vez por semana) se inventó de lo silenciar los grupos. ¿Cuántas cosas conocéis que se hagan llamar ‘silenciadores’ y funcionen? No tengo más preguntas, señoría.

Por eso lo mejor es largarse por patas al minuto de ser incluido en alguno. Hay que tener un buen gancho a punto. Al minuto pones una excusa rápida. Te han incluido en el grupo “Maratón de Matalascañas”. “Amigos, ese día trabajo. Un abrazo”. Y le das gas a tu chopper. Aunque no hayan puesto ni día a la carrera. Tú ya estás fuera. Volando libre como una golondrina.

Lo más difícil son los grupos en los que llevas tiempo metido. Estos en los que hay un vínculo antiguo, forjado entre cervezas y morro de cerdo. Hay que respetar el superglue que une a los masticantes de tocino frito a temperatura del infierno. Das tu teléfono. Y ahí empieza tu perdición. Hago un llamamiento a la sensibilidad de las mujeres. Escribid un libro de excusas para largarse por patas de grupos de Whatsapp. Yo no tengo ni media ostia como diplomático. Mis excusas apestan.

“Queridos, salgo del grupo que me he chupado los datos de este mes poniendo Peppa Pig en el móvil. Abrazote”. “Salgo un momento pero vuelvo enseguida. Voy a por tabaco”. “Este grupo está acabando con lo mejor de nosotros, que era veros en persona. Si me queréis, dejarme ir. Lo hago por nuestra relación”. “No sois vosotros. Soy yo que estoy muy enganchado al móvil. El médico me ha dicho que tengo nomofobia. Adiós David El Gnomo. Hasta siempre Swift”.

Es duro lo que voy a confesar. Pero yo inventaría esquejes de las conversaciones. Que alguien pregunta “¿Quién sale este sábado?”. Pues se quedan en el grupo los que hayan dicho “Yo”. Los demás no queremos recibir un mensaje a las 7:00 “¿Hay alguien?” “Dónde estáis?”. “Yo en la cama durmiendo. Hasta hace un minuto. Hijo de la…”. Después vendrán los comentarios, las fotos, las bromas, que mandas con el móvil en lugar de apurar la cerveza con un amigo que te ha sacado a correr. 

Vamos contándolo todo. No tiene porque ser malo. Pero quien dice que es bueno. Por qué Whatsapp no te pregunta ¿Quieres recibir un porrón de fotos de tu amigo el pesado que siempre va con la cámara a mano?”. Pum. Ya las tienes. O bien “¿Te apetece una sarta de vídeos porno que pueda abrir tu hijo y preguntarte que son?” Aparta el móvil que ya lo tienes. ¿Qué miras, cariño?”. “Nada, nada. El National Geographic”. El móvil es el nuevo contenedor. Y no se recicla nada. Entra de todo.

Os lo juro por Jesse Owens que esto da para escribir otro artículo. Pero dejadme que vuelva al principio. Un ejercicio de sentido común nostálgico. ¿Os acordáis de vuestro código postal? Buscadlo en Google. Comprad un sobre. Un sello. Los venden en el estanco, aunque ya no fuméis. Cuando tengáis ganas de comunicaros escribid una carta. Bien que lo hacíais con quince años cundo querías mancillar el honor de una pobre doncella. Cartas a boli, con manchas de embutido, contándole como eran de aburridas las vacaciones con tus padres en Lloret de Mar.

Cuéntame como son tus entrenamientos. A qué hora quedas los sábados. O los domingos. Qué carrera te envenena. A donde me quieres engatusar para que me apunte. Pero que me lo traiga la cartera. Hay algunas carteras por quien me dejaría robar la mía. Y dejar las cartas en el poyete de la cocina, olvidando para siempre que tengo 152 whatsapp sin leer en el móvil. Olvidar hasta que… Mecagüen la hostia! Un mensaje “Qué cuando coño voy a mandar el artículo?!” Ahora mismo! Iros a la mierda!

DAVID JOBÉ

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