joe corro luego existo
12Abr

Strummer

Querido Joe, a pesar de todo, amo al punk. Hasta hace poco, lo desconocía. Tal vez sólo lo sospechaba. O me lo escondía. Valgan estas líneas para salir del armario. Te quiero, punk. La certeza la tuve leyendo un pequeño artículo de Núria Martorell en ‘El dominical’ de El Periódico. Era casi una reseña. Pero bastó para hacer saltar todo el amorío punk agazapado en mis riñones. Hablaba de ti, Joe Strummer, el líder de The Clash. Habías corrido tres maratones. Entre ellas, las de Londres y París. Por fin tenía algo que me conectaba contigo.

Porqué el punk siempre actuó conmigo como un amor que no te hace caso. Nací cuando The Clash lanzó su mejor disco, ‘London Calling’. Cuando tuve edad para comprarlo ya vivíais en continentes distintos. En casa no ayudaban. A pesar que fuera un niñato peinado a lo garçonne no había ni un gramo de la gomina familiar que se me permitiera usar para levantar una cresta. Ya no hablemos de ponerme un pendiente. En esto fueron más artísticos. Si me ponía uno, seguiría el mismo camino que, de motu proprio, escogió Van Gogh.

Pero a pesar de todo amé el punk. Aunque nunca vistiera camisetas deshilachadas. Ni tejanos que no dejaban circular la sangre. Ni por supuesto unas vetustas Martins. Y aún así se me iban las piernas escuchando “Should I stay or should I go” en raros conciertos donde bebía limonada porque era demasiado joven para comprar cerveza. Todo estaba en contra.

Pero nada me impedía seguir amando al punk. Con un amor leal y adulto que sólo se puede tener con 12 años. Con esta pureza creo que sólo he querido a Stoichkov. Será para siempre mi ídolo. Colgué el póster que regalaba el diario Sport. Con sus chollas gitanas y su diente de oro. Pero nunca colgué el póster de The Clash, Joe.

A pesar de todo, tengo casi todos tus discos buenos. Y los escucho casi todos los días malos. “London calling to the faraway towns/Now war is declared, and battle come down/London calling to the underworld/Come out of the cupboard, you boys and girls”. A veces, corriendo a toda mierda por una tartera casi siento que, juntos, luchamos contra el imperio de la ley, armamos blancos disturbios para los derechos de los negros, o sacudimos la Casbah porque a Jomeini se le ocurrió prohibir el rock en Irán. Pero nunca colgué tu póster.

Hasta que leí el artículo (injustamente titulado “Runner Strummer”) y entendí que tu lucha era la mía. Algunos periodistas se rieron de tu afición a correr. Escribe Josh Jones, de Open Culture “Yo era un chico que vistió unas Doc Martins en la clase de gimnasia del instituto y renuncié a participar en ella por la firme convicción que los deportes no eran punk”. ¿Un punk no puede hacer deporte?. Es lo mismo que “¿Has visto este gordo en el tartán?” O “mira, un hombre en nuestra clase de Pilates, querida”. Prejuicios de mierda.

En una entrevista en Stepin’ Out contaste tu dieta: “Bébete 10 pintas de cerveza la noche antes de la carrera. ¿Lo pillas? Y no corras ni un solo paso al menos cuatro semanas antes de la carrera”. Y ya en plan chulesco le advertiste: “No hagáis esto en casa. Esto sólo funciona conmigo y Hunter S. Thompson, pero podría funcionar para otros”. Podría.

Acabaste la maratón de París en 3:20. Parece ser que fue en una terraza típica donde tu novia de entonces, Gaby Salter, te contó que en un par de días se celebraría la maratón. “Sólo se compró unos pantalones y dijo que la correría”, reconocía tu mujer años después a los periodistas. Aunque muchos no te creyeron. Por ejemplo, Michael Bertin, de Grantland. Cree que probablemente te lo inventaste todo para vender más discos. Puede ser.

Durante los años 80 pudiste correr al menos tres maratones. Están documentadas las de París, con un acojonante 3:20. Y la de Londres, con 4:30. En las fotografías apareces con la cara sonriente, rapado a lo mohicano, con un dorsal patrocinado por Gillette y dos piernecillas de alambre propias de punkarra. Esto fue entre el año 1981 y el 1982.

Las crónicas de la época cuentan que te habías refugiado en París para desaparecer. Faltaba poco para que sacar “Combat rock”, el último disco con The Clash y tu mánager te recomendó largarte para que los periodistas hablaran de algo. Después de esto The Clash se fue a la mierda.

En parte por tu culpa. Y en parte por las drogas. Primero echasteis al batería por heroinómano. Después os separasteis tu y Mick Jones, el otro 50% de las composiciones y las letras. Juntos lo habías hecho todo, como escribir las letras de Train in vain, que al final acabaron siendo una enorme premonición: “Did you stand by me?/ No, not at all/ Did you stand by me/No way”.

Tu mundo se iba a la mierda y un segundo antes, te apuntas a una maratón. No sé, Joe, si esto daría para una canción cañera como Tommy Gun. Pero a mi tu locura me ata a la tierra. Me empadronaría a la plaza Joe Strummer que te dedicaron en la ciudad de Granada, donde viviste algún tiempo. En un magnífico artículo de Juanjo Abad en El País se habla de ti como un idealista, un punk de verdad, de los que luchaba por los derechos humanos, la clase obrera, las desigualdades y la música. Ayudabas a bandas sin cobrar un duro, te mecías en repertorios solidarios.

Cuando de verdad te empecé a entender, tres días antes de la Navidad del 2002, vas y te mueras. No fue una defunción de estrella del rock. La diñaste en casa. Tenías un defecto congénito en el corazón que nadie pudo diagnosticar. Aún así, viviste 50 años. Y nos inspiraste a algunos. Otros no te creyeron.

Aunque yo escojo creerte. ¿Quién soy yo para dudar de las estrellas del punk? Tendría perdón si hubiera colgado tu póster en la pared. Pero colgué el de un futbolista. Como estrella del punk lo tenías todo en contra para acabar una maratón, pero pudiste acabar dos. O tres. Tu historia es la mía. Nadie daba un duro por nosotros. Pero corrimos. Y acabamos.

DAVID JOBÉ

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