minutos corro luego existo
31Mar

Minutos

3 minutos y 46 segundos. Algunos corren a esta velocidad el kilómetro. Pero ahora no interesa. Es el tiempo que vas a tardar en leer este artículo. ¿Sabías que la velocidad de lectura media está entre 200 y 300 palabras por minuto? Esto, claro está, dando por hecho que el autor del texto sea lo suficientemente bueno escribiendo. Que exponga las frases claramente. Que no te obligue a volver atrás para encadenar las ideas. Que te mantenga enganchado. Sincerémonos. Este texto habla de los nefastos efectos del cambio de hora. No pierdas el tiempo si a ti no te afecta que, un par de veces al año, te secuestren una hora, para devolvértela medio año después. 

Una hora puede parecer poco. En un año hay 8.760. Pero la 8.759 es de quita y pon. Ya sé que sabes que sabemos lo que dicen los que saben. El cambio de hora responde a un ahorro eléctrico (que bla, bla, bla), y se calcula que la rebaja económica (bla, bla, bla). Hay un dato concluyente. Cada hogar rebaja unos 6€ en la factura eléctrica gracias al cambio de hora. Joder a las eléctricas es algo bonito, pero… 1.000 pelas?! Por muy barato que se canjee tu tiempo en el banco de horas, esta hora nos pertenece. Era mía, cabrones. No-sin-mi-hora! No-sin-mi-hora!

No hace falta consultar a un psicólogo. Pero lo he hecho. Los efectos del cambio de hora pueden durar 15 días, según el catedrático Antoni Bulbena, jefe de Psicología del Hospital del Mar de Barcelona. El desconcierto afecta especialmente a los niños y los mayores. Yo no soy ninguna de las dos cosas, según mi DNI. Pero estos días ando desconcertado. Algo aturulado. Perdido. Me han robado una hora. Habrá tiempo para buscar culpables, pero… ¿os dais cuenta de la de cosas que podríais haber hecho en estos 60 minutos?

En la madrugada del domingo 28 de marzo, a las dos en punto según el meridiano de Greenwich, fueron robados, de una tacada 60 largos minutos. En las discotecas, se acortó una hora el cortejo animal. Los basureros tuvieron que vaciar los mismos contenedores pero con 60 minutos birlados. Hubo periodistas radiofónicos que se saltaron el boletín horario de las dos en punto, las tres en canarias. Digo, las cuatro, que lío! Un total de 3.600 segundos menos de bostezos sonaron en el hall donde, cada santa noche, hace guardia la recepcionista de un puticlub venido a menos.

Tardaran una primavera y un verano a devolvéroslo. Y encima con intereses. Cuando ya os hayáis adaptado, cuando todo parezca que se torna rutinario… ZASCA. Una hora más. Con alevosía y nocturnidad. A las tres serán otra vez las dos. Pim-pam. Ole tus huevos. Colmaran los vasos de garrafón una hora más en los clubes nocturnos. Los basureros tendrán 60 minutos más de mierda que vaciar. Los boletines horarios darán las mismas malas o buenas noticias repetidas. Y aunque en los puticlubes limpios, pero venidos a menos se folle una hora más se tendrá que pagar, igualmente. Y la tristeza de salir con la minga más desinflada, pero el cuerpo más frío, no te la va a quitar ni la paja in memoriam para escalfar la cama vacía cuando llegues a casa. Una hora más tarde.

Los médicos alegan dos grandes agentes basculantes del cambio de hora: el sol y los amigos. La luz solar dificulta la secreción de melatonina, que es una sustancia que también contiene (por lo visto) el vino y la leche. La melatonina ayuda a dormir más profundamente. Por eso desde hace años se vende en farmacias sin receta médica y es una droga habitual para los que trabajan de noche, sin tomar en consideración a los vampiros.

La deriva social es mi preferida. En los restaurantes se cena a las nueve si no eres de Birmingham. Y con los amigos tomas el vermut a las dos, no a la hora del brunch. En eso aplaudo la sinceridad del buen médico. A los detractores del cambio de horario, organizados en la Reforma del Canvi Horari, se lo espeté un día en la cara, a una hora razonable. No se entiende como nos embalamos cada día para cenar con los niños antes de las ocho. Habiéndoles bañado a las siete (jajajaja). Para encamarlos antes de las nueve. Y poder ver las noticias en el sofá con arreglo al horario europeo. No se entiende –decía- que los sábados y los domingos nos pasemos el europeísmo por el forro y cenemos a las 10, los niños se vayan a la cama a las 12. Entonces fue cuando me fue revelado el McGuffin de la reforma del cambio horario. El intríngulis. La llave. Los que los expertos llaman “jet lag social”.

En España somos muy zafios. No sólo tenemos que aguantar que Franco decidiera tener el mismo uso horario que la Alemania nazi. Que dos veces al año nos cambien la hora. Sino que además somos víctimas del “jet lag social”. Esto es: los adolescentes que cierran las discotecas a las siete de la mañana en l’Eixample no se duermen (solos o acompañados) hasta bien entrada la mañana y se despiertan más allá de la tres de la tarde. Y claro, esto se nota en el rendimiento de sus estudios y se refleja y avergüenza un país entero con las evaluaciones de PISA. Hete aquí el problema real del cambio de hora, escondido como una almorrana que sale después de 10 días de comer y beber como carpantas.

Y en esto andaba yo pensado. En estas chorradas impuestas por Europa para ahorrar en la factura eléctrica lo que nos gastaremos después en Hemoal. Resulta que hay muchos países en el mundo que no cambian la hora. Por ejemplo Bielorusia en Europa o Venezuela en la América Latina. Muchos han ido flirteando con el cambio (ahora sí, ahora no) como China, que lo acabó imponiendo hace poco. Ya no vale la excusa de llegar una hora tarde al restaurante taiwanés de vuestro barrio con la excusa de “Ay, pensé que los chinos no cambiabais la hora!”.

Como ya os he dicho, a mi el cambio de hora me parece dramático. La primavera irrumpe en mi puerta como Rita Barberá de Fallas. Y llama de nuevo en otoño, ya condenándote a las tinieblas de Mordor, cada tarde, cuando sales del trabajo o cuando recoges a los churumbeles en la escuela. No con mis relojes, cabronazos.

Me hacéis cómplice de la barbarie dos domingos al año, cuando, desajustado, tengo que trepar a cambiar la hora en los relojes de pared, a clicar ridículamente sobre el botón “hour” de las mesitas de noche, a recordar como se accedía al menú horario del coche, a sufrir por si el móvilcambia solo la puta hora…O no es tan smart como te prometieron.

DAVID JOBÉ

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