africa corro luego existo
22Mar

África

Escribo el título y canto “…espera su momentooooo… África… Yo noooo….”. No estoy feliz citando a La Unión. Lo siento. Yo fui a EGB. Forma parte de mi vida, como las faldas plisadas, los tupés o los álbumes de cromos de David El Gnomo. Esta semana pensaba escribir acerca de por qué los africanos se imponen en la mayoría de carreras de larga distancia. Y me he descubierto pensando en mi relación con África. Todo empezó en la escuela… 

De pequeño descubrí que había negros casi por casualidad. Los encontré un día, oteando con sus inmensos ojos tristes en unos carteles del Domund. En el mismo panel donde colgaban las fiestas, los dibujos, y las notas a los padres. Allí colocaron, casi a traición, el primer aviso para un niño de cinco años que había hambre en África. Eran personas casi como nosotros, pero chocolateados, con panzas hinchadas, cara sucia y mirada honda. Así descubrí yo a los negros.

Porque en el hermoso Macondo de las afueras del área metropolitana donde me crié no había negros. Ni en las cabalgatas de Reyes. Poníamos a señores con una sobredosis de DACS oscuro en la cara. Y nos quedábamos tan panchos, oye. Lo que me gustaba a mi Baltasar! Africanos sí había, pero en su mayoría tenían la piel más clara. La tez olivácea del Magreb, como mucho. Que tampoco era tan distinta de la de mi padre, tostado por el sol del campo.

Los negros me sobrevinieron como niños lejanos y hambrientos. Creí que necesitaban comida con la misma certeza que Jesús había resucitado, al tercer día, y había ido tirando para el cielo como un Apolo XII. En casa se agarraron a esta verdad maciza, la de los negros. Y aprovechaban cualquier pedazo de filete que dejaba en el plato para achacarme que los niños, en África, pasaban hambre. Era un mantra parecido, supongo, al de quedarse sordo si escuchabas muy alto el walkman.

Y así crecí: acabando la comida de los platos por vosotros, niños del Níger. Comprando tarros de garbanzos, de Nocilla y de arroz largo vaporizado en cada recolecta. Para colmar vuestra hambre cruel, que ya sería mía también para siempre. La historia de vuestra falta de bistecs se fue haciendo carne en todas partes: en las televisiones, en las revistas, y hasta en las misioneras que nos traían a la escuela. Eran monjas como las nuestras pero más tornasoladas en el vestir y con un crucifijo más gordo. Os alimenté durante años. Suena burro, lo sé, pero me hice mayor con la canción del Cola-Cao Y los cromos de familias del mundo. 

Hasta que descubrí a Michael Jordan. Aquí me sentí completo. Los niños negros ya por fin habían merendado los suficientes Bollycao y habían crecido hasta más que nosotros. Que no saltábamos tanto en las canastas que pusieron por todas partes antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Los negros se imponían en casi todos los deportes que me gustaban: Carl Lewis, Muhamad Alí, Romario… El delirio acabo con M.A. Así que ya nunca más mezclé mi admiración con la lástima. Por fin aprendí a observaros con la misma neutralidad que a los asiáticos, los esquimales y los gitanos. Iguales a nosotros en nuestra maravillosa diferencia.

Hace unas semanas recorté un recomendable artículo de Xavier Aldekoa en La Vanguardia (ovación) titulado “Safaris con agujetas”. Gracias a él descubrí que en Kenia se puede contratar un entrenamiento de 15 días en las mismas instalaciones donde se preparan los campeones del mundo Abel Kirui o Mo Farah. Son caminos rojos y polvorientos, rodeados de campos verdes, a los 2.400 metros por encima del nivel del mar en el que se encuentra el Valle del Rift. La Meca se llama Iten. Y es, según reza el cartel de bienvenida de la entrada, “el pueblo de los campeones”.

Atraídos por esta publicidad cada año van miles de aficionados a vivir tres semanas entre mitos. Es algo comparable, me imagino, a que a tu primo el solterón le financien 21 días en la mansión de Playboy. Todo esto por un precio casi ridículo si lo comparamos con lo que cuesta un dorsal en algunas carreras hoy en día. Una habitación de hotel en el Centro de Entrenamiento de Elevada Altitud (CEAA) cuesta unos 40 euros al día, incluida la pensión completa. Tres semanas en Kenia, incluyendo vuelos y visados, cuestan algo menos de 2.000 €. Marina d’Or para runners.

La vida es fácil desde este lado del primer mundo. Muchos corredores fascinados por el mito y la superioridad de los atletas africanos podrían decidir entrenar como ellos. Correr a la misma altura que ellos. A 2.400 metros, donde el oxígeno es más escaso, y el esfuerzo tiene que ser titánico. Pero no conformes con eso, van a vivir como ellos. Y se han mudado a África.

En su visita Aldekoa se encontró un par de Mossos d’Esquadra que habían estado en Iten tres veces ya. Uno de ellos le contaba, fascinado que veía atletas profesionales viviendo en unas condiciones muy humildes. El doble campeón del mundo de maratón, Abel Kirui, por ejemplo, vivía “en una barraca sin luz mientras se preparaba para una carrera”.

Recordad la banda sonora de “Memorias de África”. Imaginad un corredor blanco volando entre laderas verdes y caminos de arcilla. Sumadle que lo haga al lado de las gacelas negras que se imponen en la mayoría de carreras del primer mundo. Y que lo haga comiendo el mismo bol de arroz. Durmiendo en la misma cabaña de madera. ¿No os suena a anuncio? Lo digo porque todo esto pasa al lado del hotel Keellu Resort, construido por el exrecordman mundial Wilson Kipsang. Sueñan con la cabaña del aspirante pero duermen en un hotel de cinco estrellas.

El campeón del mundo Haile Gberselasie corría con un brazo ligeramente torcido hacia el pecho. Era una postura extraña para un atleta. Aunque fue campeón del mundo, nunca perdió el gesto de niño. Cada día recorría los 10 quilómetros que le separaban de su poblado a la escuela  con el brazo a tocar del corazón para sujetar los libros. Los gestos de niño nos acompañarán toda la vida. Comprar lentejas para mandar al tercer mundo es fácil cuando tienes cinco años. Ojalá sepa transmitir a mis hijos que la solidaridad es algo más que disfrazarse de pobre unos días.

El futbolista camerunés Samuel Eto’o se ganó la admiración de la afición del Barça cuando prometió que iba a correr como un negro para vivir como un blanco. Años antes, Rivaldo metió al Barça en la Champions con una chilena en el minuto 90 en el Camp Nou en el último suspiro de una Liga triste. Como su vida. Un niño enfermo, que pasó hambre, hasta que el fútbol le arrancó de la miseria. Hay tantos ejemplos de historias de pobreza ligadas al deporte que me rompen el corazón. Una campeona olímpica murió ahogada este verano intentado cruzar el Mediterráneo en un bote de goma. La puta guerra. La puta hambre. La puta vida.

Iba a escribir este artículo para hablar de la supremacía de los negros en las carreras de larga distancia. Y me doy cuenta que no tengo ni idea. Que en realidad no me importa. Que aún hoy, con 37 años, me emociono viendo cruzar un atleta africano la meta del kilómetro 42. Habré sufrido mucho durante la carrera, pero nada en comparación con lo que habrán sufrido los que han nacido en el tercer mundo. Os merecéis, por lo menos, la mitad de los bistecs que me dieron de pequeño. Pero un estómago lleno no me vacía la conciencia.

Así que os dejo este dato. Tus zapatillas de atletismo valen un año de escolarización en Kenia. Ah, y por cierto ¿alguien sabe si aún existen los del Domund?

DAVID JOBÉ

One thought on “África

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

FOLLOW @corroyexisto