TEST corro luego existo
11Mar

Test

Faltan 10 días para mi próximo Maratón. Y esta semana he tenido que pasar un examen. Hace 15 años que no me sometía a un test serio. Desde que acabé Periodismo, 10 años antes de WhatsApp. Con la Facultad de Comunicación me pasó lo que años después en las pistas: me conformo en acabar las carreras, nunca aspiro a ganarlas. Así que os podéis imaginar la poca gracia que me hace pasar un examen. Y este es duro: el 2 x 6000 metros. Ahí es nada. 

La prueba consiste en correr sólo 12 kilómetros. Hasta aquí la parte positiva. Lo demás ya no lo es tanto. Dos “seismiles”: el primero un poco por debajo del ritmo medio con el que penséis disputar la Maratón, y el segundo, a todo lo que os dé el cuerpo. ¿Qué verdad encierra? Saber de una manera tan cruel como realista si el ritmo con el que pensamos completar los 42.195 metros se puede mantener o no. Morir o no. Sobrevivir o no. Saltar el muro o no. Pinchar o no.

Cuando leí sobre el test pensé que el inventor era una especie de Dr. Frankenstein con mallas. Un discípulo del creador de La Course Navette. Un emprendedor de los que en su día coló en plintón en todos los planes educativos, desde EGB a la INEF. Pero cuando estudié a fondo su explicación pensé que Rodrigo Gavelas era –ante todo- una buena persona. Un hombre modesto.

Admite Gavelas: “no puedo sacar conclusiones científicas, porque sólo lo he estudiado con más de cuatrocientos corredores, durante siete años”. Caramba! Hay más individuos que cualquier encuesta dominical acerca de quién va a ganar las elecciones! Y ni más ni menos que siete años de observar a liebrecitas que quieren saber la VERDAD acerca su futuro maratón. Porque para mi esta es la realidad del examen: poner objetividad a los tiempos deseados para hacer el Maratón.

Os cuento mi experiencia.

 Al principio rodé un quilómetro. A trote cochinero. Como los árbitros de los 80. Después paré, tomé aire. Ensanche los pulmones y empecé a trotar.

Durante el primer quilómetro miraba más el reloj que la carretera. Empezábamos mal, porque yo soy de los que les gusta presumir ante los cronófilos que “corro por sensaciones”. Y una mierda. Estaba traicionando todos mis principios. Pero tenía un examen!

 Durante el segundo quilómetro afiné más. Me iba sintiendo cómodo. Como un diapasón: flic-flac. Estira pierna, esconde brazo. Me acordaba de las clases de nado. Pensé que nunca, nadie, nos enseñó a correr. Lo aprendimos solos en el patio. Con una técnica burda, heredada de los antepasados que cazaban bisontes, o liebres.

 Al tercer quilómetro le cogí el truco. Acompasé la respiración, el ritmo de los pies, el aterrizaje de las plantas. Cada vez miraba menos el reloj porque sentía que la mecánica se iba mimetizando en mi interior. Con el cuarto pasó lo mismo, casi se me pasa mirar el cronómetro. Parecía un misil norcoreano con ganas de morreo.

 Al quinto se jodió todo. Empezó una ligera subida. Cambió el track del MP3. Me sentí cansado. Volví a mirar el reloj. El tiempo se alargaba. No había forma de recuperar los segundos. Antes del sexto, entendí que debía de haberme topado con el muro (el murete) de la prueba.

 Volví a la velocidad de crucero al sexto, ya despojado de toda prudencia. No guardé nada. Fui triscando hasta la meta imaginaria. Un camino feo y yermo, al lado de un riachuelo contaminado, donde el reloj decidió pitar. Llegué cansado, ni mucho menos exhausto.

 Se os permite parar 90 segundos. Los dediqué a andar. 45 para arriba, 45 para abajo. Recalculé los tiempos. La segunda parte de la prueba te exige que acabes entre 25 y 30 segundos por debajo. No llevaba drogas encima. Sólo otee, a lo lejos, un hombre que recogía caracoles en una bolsa de súper. Y más allá, un par de señoras putas en sillas de plástico. Qué metáfora de la vida. Caracoles y prostitutas.

 Decidido a que no quería volver a ser ninguna de estas dos cosas, puse la directa. Al principio atolondrado. Casi como un cabritillo. Me puse enseguida a un minuto por debajo del tiempo del primer 6.000. Qué arranque! Parecía 51 sombras de Grey.

Al séptimo y octavo me fui encontrando mejor. Cómodo en el medio sprint. Sabía que esta velocidad la podría mantener algunos kilómetros más, pero me daba cuenta que no lo podría aguantar durante todo el Maratón.

 El noveno y el décimo me pasaron como los trenes de la canción de Penélope. Casi sin darme cuenta, pero con pena, con nostalgia. Me estaba examinando de nuevo. Y no era tan dramático. No se parecía en nada a lo que recordaba.

En el onceavo lo vi todo claro. Más que un examen era subirse a la báscula, mirarse al espejo, presentarte a tu futura suegra. Es pedirle al espejito mágico a que ritmo he de correr en el Maratón y te diga la verdad a lo steak tártaro: cruda y incomible.

Llegué al doceavo pletórico. Rocky subiendo las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia. Igual que él, sin cascos, pero sonaba en mi cabeza “Gonna fly now”. Y volé, porqué me salió la mejor marca de todas. Por un instante, fui feliz.

Había aprobado el examen, aunque hubiera perdido los pulmones en la carga de la brigada ligera. Me quedaba un último kilómetro. Para recuperar sensaciones. Para volver al principio. Para que el Fénix volviera a las cenizas, de nuevo.

De nuevo en casa, apunté los tiempos parciales y revisé las notas de Gavelas: “si la diferencia por kilómetro entre la primera y segunda serie es inferior a 24” quiere decir que el ritmo de la primera está muy próximo al ritmo posible del maratón, lo que sería un grave riesgo competir al mismo y lo correcto sería competir más lento. Si la diferencia en el ritmo es superior a 25” por quilómetro, entre ambas series, quiere decir que el ritmo de la primera sí es adecuado”.

Al final no tendría que ir a la repesca. No me esperen en el Maratón de septiembre.

DAVID JOBÉ

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