corro luego existo maraton
21Feb

42.195

Hoy es el día M. Estoy en la línea de salida. Un maratón. ¿Es tu primera vez? No. Yo ya he muerto cinco veces, antes. Y he renacido otras tantas. Cruzar la línea –si es que la llegas a cruzar- se parece a la inmortalidad. Ojalá supiera escribir como Tatiana Sisquella, que glosó sobre el maratón en 42 adjetivos (diari Ara, 5-03-2011) y nunca hubo corrido ni correrá ninguno. O como Haruki ironman Murakami (De qué hablo cuando hablo de correr, Tusquets). O narrar con la precisión de Gay Talese cuando describió Nueva York en Esquire. 

Decía Talese: “Nueva York es una ciudad de cosas imperceptibles”. Lo mismo que la maratón, que puede ser “el” o “la”, según la RAE. Cada vez hay más mujeres que la corren, dándole todo el sentido unisex a la distancia. En la de Barcelona del 2015 hubo 3.270 inscritas. En la primera maratón de Barcelona, la de Palafruguell de 1978, hubo 20. Desde el cajón de salida, una de cada cinco personas que intentarán hacer realidad su sueño hoy, son mujeres (17%). En Europa la media llega a casi 2 de cada 5 (38%). Me gusta pensar en “la” maratón. En catalán sólo es femenina.

La maratón de Barcelona se ha disputado cada año desde que nací, en 1978. Hubo un año que no. El 2005. Dicen los expertos que volvió más fuerte que nunca. Y lo cierto es que hoy, por primera vez en la historia, habrá más de 20.000 personas que tengan dorsal. Es un récord. En 2006 hubo 4.636 inscritos. En solo 10 años los participantes se han multiplicado por cinco. Supongo que es algo que agradará a la organización, criticada por el elevado importe de la carrera. Correr la maratón de Barcelona no tiene precio, pero a un inscrito con dorsal cada quilómetro le cuesta exactamente 2€, sin contar los 195 metros finales.

Hay 42.195 metros de circulación comprometidos. Los días previos aparecen señales que prohíben aparcar. Y la noche anterior, la grúa se lleva todos los coches los conductores de los cuales no saben leer. No siempre puede llevárselos todos. Hay mañanas que, en plena carrera, un vehículo sobrevive a la marea humana. Provocador, como un símbolo a la tracción diésel, entre tanta tracción manual. Habrá centenares de urbanos regulando el tráfico, miles de conductores atrapados en riadas fosforito, millones de posibilidades de “recalculando” en los GPS.

Los metros del maratón están perfectamente medidos. Los meses anteriores un equipo técnico suma las distancias de todas las calles, avenidas y rotondas. Hasta la cifra exacta. Todos los maratonianos saben la distancia. La mayoría desconoce las zancadas que va a tener que completar para terminarla. De media, unas 84.390. Dependiendo del ritmo, la altura y la distancia de cada pisada, tu pie izquierdo va a tocar el suelo entre 21.100 y 45.000 veces. Lo mismo tu pie derecho. Aunque le tengas que sumar una pisada más en función de la pierna con la que salgas.

En esto no hay diferencias entre pronadores, supinadores y neutros. Se desconoce si hay una diferencia por países. En la maratón de Barcelona de este año un 42% de los corredores serán extranjeros. Vienen, por ejemplo, de países que empiezan por la misma letra pero son tan diferentes como Albania, Alemania, Andorra, Angola, Antigua y Barbuda, Argelia, Argentina, Armenia, Australia o Austria.

Todos los participantes escriben sus datos en un largo listado de parcelas necesarias para formalizar la inscripción. Pero después todos tendrán un dorsal con su nombre. Y la gente que salga a animar les podrá tutear. Les dirá “animo tal” o “cual”. Y tal o cual saldrán del anonimato, dejaran de ser números y tal vez se sabrán héroes, si no llevan puestos los auriculares.

A lo largo de los 42 quilómetros habrán más de 50 puestos de animación. Suelen ser orquestras, grupos musicales, aplaudidores profesionales. Se montan en tarimas y le dan todo el sentido a la palabra domingo. Sin ellos muchos no podrían acabar los últimos metros de cada quilómetro. A veces, los corredores sienten que tienen una deuda con un aplauso y estiran las piernas, se esfuerzan por untarse de ese grito de ánimo, como una crema solar. Se lubrican. Antes que llegue un nuevo cartel con los kilómetros recorridos. Como el calendario de pared de un preso.

En ocho ocasiones habrá un avituallamiento. Contrasta la molestia del primero, en el 5.000 aproximadamente, con la ilusión de los que vendrán a continuación. Casi como un oasis líquido en un desierto de asfalto. Habrá más de 170.000 botellas de 33 centilitros de agua, con sus correspondientes 170.000 tapones azules. Sumados pesarían tanto que se podrían conseguir 33 sillas de ruedas para 33 niños enfermos y necesitados de tapones, que durante meses recogeremos con paciencia, en casa o en el trabajo, sin saber si de verdad se utilizaran para esa niña de la foto.

Por lo general, cada corredor romperá a llorar una o dos veces durante la carrera. La mayoría, en la meta. Tal vez se diga “lo hiciste” y se dará a si mismo el premio del esfuerzo, que es la confianza en el desconfiado. O tal vez se diga, “lo hice por ti”. Y aquel amor traspase todas las calles, las montañas, los países, y hasta el cielo, y llegue donde estás tu, por quien corrí. Con quién corrí. Gracias a quien acabé. Hasta que topé con un lacrimal. Y entre sollozos me bajé del pedestal, andando torcido.

A veces las lagrimas llegan antes de la meta. Porque nunca se llegará. No existe una estadística, pero el trabajo de Miquel Pucurull en “Calaix de sastre del món del correr”, un blog magnífico me ha permitido calcular la diferencia entre inscritos y finalizados en el Maratón de Barcelona. Entre el 1978 y el 2010 la tasa de abandonos osciló entre el 14% y el 17%. Eso significa que más de un 80% que se inscribió el maratón, lo acabará.

Yo no sé ponerle palabras a lo que es terminar un maratón, pero si recuerdo todas las palabras que me fueron acompañando cuando pensé que no acabaría. A veces decía tu nombre, hijo, o el vuestro, avis, que estáis en los cielos. Y me mondaba de risa pensado en invocarte, Siscu, porque aunque fueras cojo desde los tres años, me enseñaste a correr, a driblar el balón y a no rendirme jamás.

Nadie corre un maratón sin un sueño. No hay estadísticas que lo puedan negar. El primero en acabar será un hombre, probablemente nacido en África, casi seguro en Kenia o Etiopia, probablemente de Argelia o Marruecos. La primera mujer llegará entre 15 y 20 minutos después. También será africana. Casi seguro etíope. Veréis su gesta en todas las televisiones. Muy pocos se van acordar de Rita Maria Marzoli, la última persona en acabar la Maratón de Barcelona del 2015.

No importa el tiempo. Aunque Rita Maria Marzoli superó el límite que puso la organización. Y aún así no se rindió. Durante 42 quilómetros, le dieron la última botella de agua en cada avituallamiento, recibió el último eco de la penúltima palmada, del antepenúltimo grito de “ánimo!”, la siguió durante toda la maratón un agente de policía motorizado, tal vez sintiendo que a sus espaldas se volvía a cerrar el mar, como una cremallera, como un Moisés con zapatillas. Debió de correr –no lo sé, porqué no me consta que diera ninguna entrevista- con sabor a sangre en la boca. Tal vez se acordó de Coldplay cuando cantan “Just because I’m losing, doesn’t mean I am lost”. Porque para mi Rita Maria Marzoli, fuiste la gran ganadora.

DAVID JOBÉ

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

FOLLOW @corroyexisto